lunes, 25 de octubre de 2010

EL NOBEL VARGAS LLOSA:



'La escritura es una venganza...un desquite de la vida'

Esta es la historia de dos décadas, las que van desde el fracaso de su carrera política en Perú al éxito del Premio Nobel. Es la historia de un hombre que se sintió 'abandonado' por su pueblo, al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura. Es la historia de cómo un fracaso lo convirtió en otro hombre. La escritura fue su desquite de la vida. Su venganza. Y es la historia de cómo Mario Vargas Llosa y sus hijos desnudan desde su residencia en Nueva York sus sentimientos durante las 48 horas que siguieron a la conquista del máximo galardón de las letras mundiales.


El sábado posterior a la concesión del Nobel, Vargas le dijo a su agente, Carmen Balcells, en la radio peruana: "¡Cómo pudiste seducir a los veinte jurados de la Academia Sueca!". Con el mismo humor, la mamá grande de los autores del boom (García Márquez, Donoso, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar) exclamó: "¡Tengo mis recursos!".

Los dos saben que no es cierto. La llave de este paraíso la tiene el genio, que Carmen supo vislumbrar y que Patricia ha cuidado como se cuida un hijo, un nieto, un marido o un sueño. Como cuidaba la abuela la receta de los guargüeros, el inolvidable sabor del paraíso.

Los suecos de la Academia, que parecía que nunca iban a aceptar que Vargas Llosa es uno de los grandes escritores del mundo, finalmente le concedieron el Nobel y además fueron muy explícitos sobre las razones del merecimiento: porque ha sido capaz de contar la cartografía (eso dijeron, cartografía) del poder para mostrar sus miserias y también para expresar la lucha, la revuelta, del hombre por la libertad.
A Vargas Llosa le divirtió mucho la palabra cartografía, pero le emocionó verdaderamente el resto de los argumentos. Comentó, ante un grupo de amigos a los que reunió en un bullicioso restaurante italiano de Nueva York: "¡Qué dirán mis críticos!". Enmudecerán. "¡Qué va! Quien está mudo soy yo".

No está mudo, claro que no; se despertó de aquellos catorce minutos de incertidumbre. Creyó que era una broma, como la que le gastaron hace años a Alberto Moravia, pero catorce minutos después le llegó la confirmación: era Premio Nobel de Literatura de 2010. Su hija Morgana, de 36 años, fotógrafa, lo vivió llorando en Lima, con sus dos hijas y con su esposo, Stefan; su hijo Gonzalo, de 43 años, diplomático, funcionario internacional destinado ahora por ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) en Santo Domingo, lo vivió viajando a Haití, y Álvaro, el periodista, de 44 años, escuchó la noticia "estupefacto, paralizado, y luego feliz" en la casa de Washington donde vive con su mujer, Susana, y sus tres hijos.

Para curarse de su timidez, la hija más chica de los Vargas se tuvo que tomar tres copas de champán, y sin palabras todavía hizo que todos los periodistas que se agolpaban ante la vivienda familiar limeña pasaran a brindar y a conversar en esa casa de paredes blancas desde la que se ve el mar violento de la costa que acaricia Barranco. La fiesta adquirió tal carácter que la abuela Olga, madre de Patricia, tía de Mario, de 93 años, abandonó su postración y su desgana ante el mundo, se vistió de nuevo, se puso un pañuelo vistoso en su cuello de persona mayor y empezó a hacer declaraciones ante todas las cámaras de todos los noticiarios.

Se animó tanto con la noticia y con la aglomeración que no solo lloró cada vez que se acordaba del éxito de su yerno el Nobel sino que se atrevió a decir que sí, que ella, como Carmen Balcells (su agente literaria), como Fernando de Szyslo, el artista, quizá el más antiguo amigo de Mario, como tantos otros que han estado siempre cerca, iría también a Estocolmo. Cómo no.

Le preguntó un periodista a doña Olga, a la que también llaman Olguita:
-¿Y ya tiene usted traje?
-Tenía. Pero hemos esperado tanto tiempo que ya está apolillado y tendré que comprarme otro.

El día en que ganó el Nobel de Literatura alguien le llevó a Mario Vargas Llosa a Nueva York unos dulces de Arequipa (Perú), guargüeros. Estaba feliz, era un premio para el Nobel. Los guargüeros son como unos pestiños rellenos; tienen la apariencia de algunas pastas italianas, y saben a dulce de leche. En ese sabor está su infancia, Arequipa entera.

En ese ambiente blanquecino del apartamento alquilado en uno de los edificios más altos de Columbus Circus (Nueva York), el autor de El pez en el agua parecía, en efecto, un pez en el agua. En el paraíso. Como en la infancia, mimado, agasajado. La infancia acabó cuando tenía 11 años y el padre (al que creía muerto) regresó a su vida. Muchos años después, esos dulces y el Nobel le llevan al paraíso que perdió cuando iba a atravesar la raya de la adolescencia. Ahora esos dulcecitos, que son como los que su abuela le hacía, le llevan a la ya tan lejana infancia.
O no tan lejana. El Nobel, de 74 años, tiene aquellos años incrustados en la memoria como el tiempo en que se hizo a casi todo. Ahí descubrió el amor absorbente por la madre, asimiló que no tenía padre, que este estaba en el cielo o que nunca existió, y descubrió la literatura en los libros que circulaban por la casa grande de la familia enorme con la que se crió.

En ese libro, El pez en el agua, se cuenta esa historia, sin la cual es improbable que alguien tenga una idea cabal de quién es de veras este hombre al que muchos aman y otros crucifican. Los que lo crucifican creen que es un reaccionario que cambió de rumbo y traicionó sus ideas izquierdistas de los años sesenta en que toda revolución tenía su asiento; los que le siguen amando o bien ya lo amaban en los sesenta y entendieron su evolución, o bien simplemente le han leído y saben que sobre esta literatura ahora avalada por el Nobel no valen los tópicos amasados con las ideologías.

Ha cambiado. Mucho. Morgana nunca hubiera creído que aquel obseso por el trabajo sería un día tan buen cuidador de sus nietos, con los que juega y por los que se desvive hasta el límite de las payasadas que contentan a los muchachos. Es ahora más alegre, cree Álvaro, y Gonzalo piensa que algo que siempre ha tenido en cuenta, en su relación con los hijos, y ahora con los hijos de los hijos, "es la experiencia con su padre; jamás ha querido ser el hombre autoritario que él mismo tuvo encima en su adolescencia". Esa experiencia, que el propio Mario confiesa dolorosa, "fue una influencia estimulante para que mi padre nos tratara con enorme tacto", según Álvaro.

Han cambiado los tiempos; aquel 1990 de la derrota dejó paso a este otro momento de la vida. Pero algo de rencor, algún ajuste de cuentas quedará en los resquicios, le pregunté en ese restaurante típicamente norteamericano donde se comía una hamburguesa típica, a mediodía. ¿No siente como la expresión de una venganza propia el hecho de que Fujimori esté en la cárcel?

No, qué va. "Fujimori no me derrotó, fue una mayoría de los electores peruanos. Yo nunca le ataqué mientras mantuvo la democracia, pero, obviamente, él rompió las reglas del sistema gracias al cual había llegado al poder, y por los delitos que cometió cumple ahora pena. Pero jamás tuve la tentación de desearle un final así. Ni está en mi carácter el ajuste de cuentas. Pero me alegro mucho del juicio justo".
Han pasado veinte años. "Es curioso", decía Álvaro, y también lo decía el propio interesado, Mario Vargas Llosa, "mucha gente está de acuerdo en decir que han pasado veinte años desde que mi padre merecía tener el Nobel. Veinte años". Quizá, concedió el hijo mayor, fue porque entonces Mario tuvo su gran derrota política, y a partir de entonces ya fue solo un escritor. Su obra hasta entonces, sin duda, merecía ya el galardón, comentamos nosotros. "Sí, pero si hubiera salido presidente", añadió Álvaro Vargas Llosa, "mi padre jamás hubiera obtenido el Nobel".

O sea que es cierto que le vino Dios a ver cuando se produjo esa derrota. Sí, esa es la opinión de Morgana. Y es la opinión de toda la familia, que por otra parte estuvo implicadísima en esa campaña electoral que tanto placer como dolor produjo en los Vargas, e incluso en Mario, que a veces parece inmune a la naturaleza de los desastres.

Pero esa vez, cuando perdió las elecciones ante un candidato, Alberto Fujimori, que luego subvirtió el orden democrático, ensangrentó el país, robó, etcétera, Vargas Llosa cayó presa de un decaimiento del que fuimos testigos. Llegó a París, poco después del fracaso; había adelgazado cerca de veinte kilos, su delgadez era la delgadez de los derrotados. Su hijo Álvaro, que hizo la campaña muy estrechamente ligado a él, recuerda ese momento como un instante de estupor. Vargas Llosa, el ahora Nobel, podía irse a un lado o al otro de la balanza; su equilibrio, sin embargo, le ayudó a superar el primer lunar verdaderamente serio de su trayectoria. Lo del padre (que le metiera en un colegio militar, que considerara "mariconerías" su pasión por la escritura, su carácter dictatorial) ya estaba deglutido en la memoria. Pero esto era nuevo; perder así, recuerda Álvaro, fue una tragedia.

Como siempre, como ante el desdén del padre, que era un desdén del destino, a Mario Vargas Llosa, dice su hijo, "lo salvó la literatura". En campaña leía "a Quevedo y a Góngora, cada mañana", y así salía a dar mítines, "a prometer un Perú mejor para los ciudadanos". Cuando perdió, "se consideró traicionado por un pueblo al que dedicó el sacrificio de dejar la literatura", y ese desengaño lo maltrató. Hasta que se levantó otra vez, dice Álvaro. "Creo que la escritura de ese libro, El pez en el agua, lo salvó. Él solía guardar sus experiencias algún tiempo, como en La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral o La casa verde; las deglutía, y luego están presentes ahí, muchos de los viajes y de las experiencias de sus historias son sus propios viajes o experiencias".

Pero esta vez, concede Álvaro, "mi padre decidió tirar por el camino del medio y escribir esas memorias, una parte la memoria política, otra parte la memoria de la infancia. Dos historias, dos momentos de gran felicidad y luego de gran fracaso. Se atrevió". Salió hecho "otro hombre". El padre dice lo mismo. Sentado en uno de sus restaurantes favoritos de Nueva York, donde no hay guargüeros pero hay hamburguesas, Mario Vargas Llosa recuerda esa frustración que, veinte años después, ya no ensombrece su rostro, ahora el rostro feliz de un Nobel reciente.

"Trabajé mucho", dice Mario, "por un proyecto que creía bueno. Y la derrota fue una gran decepción". Pero volvió a lo suyo, "a lo que me estimula más". Escribió El pez en el agua: "Porque quería quitarme la experiencia de encima". "Un escritor tiene la ventaja de que puede convertir un fracaso en materia literaria, y eso lo alivia. La escritura es una venganza, un desquite de la vida".

Volvió, pues, "a la rutina habitual", y ya agarró un ritmo imparable. En estos veinte años, los que van del fracaso al éxito (los dos impostores de los que hablaba Rudyard Kipling, Nobel también, en su poema If), ha escrito novelas alegres, novelas tristes, ha hecho ensayos literarios y políticos, ha hecho periodismo, viajes, ha dado conferencias, se ha metido en líos monumentales (como cuando enfadó a Octavio Paz, su amigo, llamando al México del PRI una dictadura perfecta), ha arrostrado el lugar común de su conservadurismo (que repiten sobre todo los que, como en la famosa anécdota, han hecho con sus libros lo que Sofía Mazagatos: no los leen pero los juzgan), y, en definitiva, ha vivido los altibajos de cualquier existencia "con el entusiasmo y la alegría del que sabe que la vida merece ser vivida".

En este tiempo, en estos veinte años que cruzan la vida desde el fracaso al triunfo, ha escrito novelas en las que el sexo se alterna con la aventura, y otras, como La fiesta del Chivo o esta última, El sueño del celta, en las que se aventura por los caminos de la maldad, y aunque él interviene ahí como el contador, el narrador que explora el camino para presentar la historia como si usara un espejo, sí es evidente que quiere trasladar el compromiso moral que hay detrás de toda su obra de esta naturaleza. "La descripción de la maldad", dice, "obliga a una toma de conciencia moral. Si no detenemos a tiempo la capacidad de destrucción del ser humano, el resultado es el horror; ha ocurrido en el pasado, y ahora la democracia frena ese horror. Es un tema obsesivo para mí en los últimos años. Y es un tema recurrente; está en Congo, en esta última novela, está en la Amazonía, en La guerra del fin del mundo, está en la locura terrorista en Lituma, y está, sin duda, en esas dos novelas que dices. Pero también está en mi periodismo; mira lo que he hecho en Irak, en Palestina, en Afganistán".

El infierno en cada esquina. ¿Y el paraíso? ¿Ha reencontrado Mario el paraíso? El autor de El paraíso en la otra esquina, la novela en la que Gauguin se revuelve como una pesadilla a veces gozosa, es consciente de que aquel paraíso en el que era mimado, querido, consentido por toda la familia, "hasta que llegó el padre", no volverá jamás. "No está ese paraíso en la vida real". Pero haberlo perdido "tampoco debió ser una tragedia". "Gracias a eso", continúa, "gracias a que mi padre me metió en un colegio militar, gracias a que me impidió a veces con saña ser un escritor, tuve una experiencia que me dio la oportunidad de escribir con un gran material literario. Si eso no hubiera ocurrido, probablemente yo no hubiera sido un escritor. Y sí, escribir es un placer, te permite salir de cualquier circunstancia terrible, te lleva a defenderte de cualquier adversidad. En ese sentido escribir es mi paraíso".

Y el paraíso es la familia. Le pregunté a Morgana Vargas Llosa qué significado tiene en el padre la figura de Patricia, la madre. "Es la compañera inseparable sin la cual mi padre no sería nada". Dice Morgana que su padre no sabe el número de teléfono de la casa, no sabe ni siquiera su dirección, es incapaz de cambiar una bombilla, desconoce por completo cómo se pone en marcha una lavadora y jamás ha frito un huevo. Pero esta mañana, le digo, su padre me ha explicado, en contra de la opinión de su madre, que el apartamento en el que viven ahora en Nueva York lo paga él y no la universidad. Un detalle de que está atento, ¿no, Morgana? "Qué va. Fíate de mi madre. En eso también ella tendrá razón".

Poco después cacé al vuelo lo que Mario le decía a unos periodistas franceses: "No me sé mi mail, jamás agarro un teléfono que esté sonando, no sé usar los teléfonos celulares. Y solo me acuerdo del primer número que tuvimos cuando nos casamos, hace 45 años. El 46 40 60".

Cómo no introducir en esta retahíla de visiones familiares del Nobel Vargas a Carmen Balcells, la mamá grande de varias generaciones de autores, y muy especialmente la mamá grande de Mario. Una vez Carmen Balcells lo levantó de la silla de sus trabajos forzados en Londres y lo puso a escribir. Lo sentó, por así decirlo, en el paraíso. Ese paraíso tuvo una interrupción que pudo haber sido eterna, cuando la política lo sedujo demasiado. De ese fracaso se levantó hecho otro hombre. Los hijos piensan que ese trozo de paraíso en el que ahora habita con el trofeo del Nobel de Literatura no hubiera sido posible si Patricia no hubiera estado ahí, haciendo que los sueños del escritor se convirtieran en la letra insistente que ahora le premian en Suecia.


Las hijas de Gonzalo están en Suiza, en un internado. Todos los nietos ("tienes que añadir ahí a Jurema, mi perra", dice Álvaro, "que es como otro nieto"; desde Lima, salta Morgana: "¿Y por qué te olvidas de mi pobre D'Artagnan, que está tan viejito?") han vivido de manera peculiar esta noticia, que ha revolucionado la vida familiar de esta gente que come guargüeros allá donde se encuentren. La de los Vargas, gracias sobre todo a la capacidad aglutinadora de Patricia Vargas Llosa, la esposa que también fue (o es) prima, es una familia muy sólida, que celebra en unión los veranos y las navidades, que busca cualquier motivo para juntarse y que se apoya también en los tiempos difíciles. Patricia es la brújula de esta navegación familiar, y en tiempos de incertidumbre (cuando Álvaro y Mario riñeron por cuestiones políticas relacionadas con Perú) ella fue la que condujo el conflicto por las vías que permitían un civilizado, y emocionado, reencuentro. Este tuvo lugar en Miami, cuando a Álvaro le dieron un premio, meses después del desencuentro; el padre, la madre y otros miembros de la familia quisieron acompañar a Álvaro, y ahora este dice: "Fui el culpable", con la misma emoción con que vivió la reconciliación.
Así que aquí, en esta familia, todo se vive como un espectáculo tranquilo, pero bullicioso y coral. Y el Nobel iba a ser un terremoto que a todos les afectó de un modo distinto, pero que conmovió por igual a todos. Hablábamos de los nietos. Gonzalo cuenta que, cuando se supo que el abuelo había ganado el principal premio de las letras mundiales, su hija Ariadna, que tiene diez años, le expresó por teléfono su preocupación infantil. Como él, que tenía peores notas que Álvaro en la escuela, Ariadna no obtiene los mejores resultados, y el premio del abuelo la tenía inquieta. Le dijo al padre: "O sea que, como al abuelo le han dado ese premio, a lo mejor ahora los maestros me piden que saque mejores notas".

A Leandro, el hijo mayor de Álvaro, que tiene ahora 14 años, le preguntaron en la escuela si su abuelo era alguien especial. Y se escondió detrás del flequillo como quien quiere huir de un alud. "No, no es nadie especial", farfulló. Tímida como ese sobrino suyo, Morgana, que ha sido compañera nuestra en EL PAÍS, y que ha acompañado a su padre en algunas de las aventuras más arriesgadas (Irak, Israel, Palestina) o placenteras (los escenarios de El paraíso en la otra esquina) tuvo que superar su retraimiento público cuando sonó la noticia y ella era la única representante familiar que podía hacer declaraciones en Lima.

Gonzalo recuerda algunos episodios que pueden ilustrar la evolución de esa relación paterno filial. Cuando este joven servidor de la ONU para ayudar a los refugiados era un chiquillo de 16 años resolvió hacerse rastafari; se dejó los pelos hasta los hombros, se dedicó a fumar marihuana y a escuchar reggae, y durante dos años desoyó insistentemente los avisos de su padre para que abandonara esa deriva. Gonzalo era un rebelde; ahora él recuerda que su padre tenía sobre él dos miradas: la del padre y la del escritor: "Y eso convertía su actitud hacia conmigo en una actitud algo cómplice". Hasta que escribió su célebre artículo Mi hijo el rastafari en el que aventó al mundo, con humor y con condescendencia, lo que, además de un drama familiar, dice Gonzalo: "Era también un asunto para su periodismo y para su literatura". Gonzalo ve ahora ese episodio casi como lo vio su padre: "Pero entonces yo sentía la necesidad de rebelarme, como mi padre hizo muchas veces con su propio padre, y yo creo que por eso él entonces me entendió".

Y cuenta algo más Gonzalo que revela esa relación que la vida ha endulzado hasta extremos que el propio Mario confiesa divertido: de aquel padre que los metía a leer obligatoriamente a la salida de la escuela, "cuando todos nuestros amigos jugaban al fútbol", hemos pasado a un padre y a un abuelo que se viste de Papá Noel y es capaz de cargar a los niños para que estos hagan lo que quieran con él. Pero aquella dictadura leve del padre que los hacía leer obligatoriamente "nos dejó una disciplina". "Yo mismo", dice Gonzalo, "vuelvo a esa experiencia de leer todos los días como una de las influencias más valiosas en mi relación con él".

Para hacer todo eso ha sido preciso "mantenerse en forma, cuidarse, viajar, a Palestina, a Irak, a Afganistán, ha sido preciso ir al Congo, al Amazonas, al Pacífico en busca de Gauguin. La verdad es que no he parado. Y no pienso parar", dice Mario Vargas Llosa, "mientras tenga ilusión y curiosidad y me funcione la cabeza, que de momento creo que me sigue funcionando. La vejez no me aterroriza mientras pueda seguir desplazándome. Me acerco a la muerte sin pensar en ella, sin temerla. Mientras trabajo me siento invulnerable".

lunes, 11 de octubre de 2010

Puñete oculto




Cuando finalizó la proyección de “La Odisea de los Andes” en la capital azteca, Gabriel García Márquez estaba satisfecho con la película. Cuando de pronto reconoció de lejos a su homólogo peruano, Mario Vargas Llosa, no dudó en llamarlo para abrazarlo. La sorpresa fue grande, el escritor peruano le metió un derechazo que superaba la ficción de ambos autores. Lo dejó noqueado encima de la alfombra roja del teatro.

Treinta años después del incidente, el fotógrafo Rodrigo Moya difundió una fotografía tomada, en la que sale registrado la presunta agresión que sufrió García Márquez de parte de Vargas Llosa.

“Tomé la foto porque el escritor quería una constancia de aquella agresión”, señalo el fotógrafo Moya. Además contó: “El rostro tomado es dos días después del golpe y García Márquez fue quien me pidió que me quedara con las fotos y que luego le enviara las copias”, culminó.

Atrás del golpe de Mario Vargas Llosa, se escondía la razón del puñete. Mientras él y su esposa, quien a la vez es su prima, Patricia Llosa vivían en París, los García Márquez habían tratado de mediar en los disturbios conyugales del peruano y su mujer.
Los Vargas Llosa se reconciliaron y así Mario se sintió ofendido al enterarse de las acciones tomadas por su homólogo.

Hay muchos datos misteriosos acerca de este episodio, aunque lo que sí se puede afirmar es que con el paso del tiempo se han ido creando mitos acerca de este incidente.

En una entrevista a propósito de su excelente novela La fiesta del Chivo, Vargas Llosa huyó a la pregunta respondiendo: “Lo que pasó entre nosotros, vamos a dejárselo a los historiadores…”.

El enfrentamiento de ambos es tomado en cuenta de nuevo por el hecho de que Mario Vargas Llosa acaba de ser nominado con el Premio Nobel de Literatura, en la cual logró igualar al colombiano.

La posibilidad de la reconciliación entre ambos se ha rumoreado ya que se habrían puesto de acuerdo para realizar una publicación conjunta.

Se trata de una edición especial de Cien años de soledad, prolongada por Vargas Llosa. Es probable que nunca sepamos lo que ocurrió en verdad. Todo saldrá al aire con el transcurso del tiempo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Definición en Villa El Salvador



Lourdes Flores Nano apagó la televisión tranquila. Pues tendrá su chance de limpiar su imagen dañada en los últimos días y de paso quitarle votos a su contrincante. El lunes 27, el distrito de Villa El Salvador será testigo de un gran choque. Lourdes Flores y Susana Villarán debatirán sus propuestas desde las 6:30 p.m. Cabe resaltar que la candidata de Fuerza Social obtiene el 35,7% de intención de voto según la firma CPI; mientras que la postulante del PPC-UN, tiene 28,1%.

La organización Transparencia, el cual dará asistencia técnica a la organizadora de la polémica confirmó la noticia. Como local del encuentro se designó el Centro de Comunicación Popular y Promoción del Desarrollo.

Es una buena práctica electoral que un candidato informe a la ciudadanía sobre sus propuestas programáticas y las debata públicamente por lo que Transparencia ha decidido colaborar con dicha iniciativa brindando asistencia técnica a ambas fuerzas políticas para la realización exitosa de ésta actividad.

La polémica se dará once días después de aquella en la que participaron todos los candidatos, por lo que complementa y no sustituye la indispensable confrontación de propuestas del conjunto de aspirantes al sillón municipal.
La asociación civil considera además que esta iniciativa no resulta discriminatoria frente a los demás candidatos, con quienes ambas candidatas también debatieron.
Resulta evidente que esta actividad concitará interés y que podría concentrar en ellas una mayor cobertura mediática. ¿Saldrá la alcaldesa? Será el definitivo.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Es para soñar



En la tribuna solo se escuchaba el grito de: “Perú, Perú…”. El árbitro estadounidense hizo sonar el pito final del partido. En la banca el “Mago” y sus asistentes cerraban los cuadernos de apunte, los suplentes se metieron disparados a los camerinos. Los jugadores se fueron a las duchas con la frente en alto. El resultado final fue 2-1.

Ayer, se disputó en Miami un partido contra Jamaica con varios debutantes en la selección absoluta. Tal como lo había adelantado el profesor, Rabanal, Gonzáles y Libman fueron titulares por primera vez y respondieron con creces en el campo de juego.

Quien se vistió de héroe fue nada menos que José Carlos Fernández. Faltando diez minutos para culminar el partido, el mago mandó a Zlatan a la cancha y en la segunda pelota que tocaba anotaba el segundo gol nacional que a la postre sellaba el triunfo.

El capitán fue el loco Vargas, quien con coraje mostró que no le pesa la camiseta nacional. Siendo él mismo el que señalaba el camino a la victoria al meter un centro que terminaría en autogol de los jamaiquinos.

Con la victoria conseguida la selección de Markarián está de racha. Pues se ha roto un maleficio de no poder ganar cuatro partidos consecutivos. Sin importar que contamos a los amistosos, Perú logró superar una marca que no igualaba hace 13 años, cuando Oblitas era el seleccionador y estaba a punto de clasificar al Mundial de Francia 98.

Los hinchas lo saben: “soñar no cuesta nada”.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Fútbol y música en japonés

Recuerdo muy bien que me compraron un polo que decía: “Te amo Perú”, la que se hizo famosa por la celebración de Palacios. Comencé a ver fútbol por televisión cuando estuve en quinto grado de primaria, era marzo del año 2000. El detonador fue el triunfo de la selección peruana frente a la paraguaya, en aquella noche que Nolberto Solano y el “Chorri” Palacios anotaron y Oscar Ibáñez, arquero del club del cual soy hincha, atajó un penal al mejor guardameta de Sudamérica de ese entonces, José Luís Chilavert.

Al siguiente año comencé a jugar fútbol en el club AELU. El entrenador era un ex-futbolista mundialista Jaime Duarte y con mis once años comenzaba mi afición por el fútbol. Mi papá me compró chimpunes negros, canilleras y medias largas. Por mi habilidad, velocidad y control del balón, me colocaron como volante y me destaqué por ser buen ejecutor de pases. Mi número de camiseta era la 10.

Por ello ahora, a mis 20 años me siguen gustando los jugadores que son virtuosos en la cancha. O como dicen los periodistas deportivos: el “cerebro”. En la actualidad, disfruto ver los partidos de fútbol, sin importar la importancia del partido. Con tal de que haya uno hábil, me puedo quedar prendido en la televisión.

Mi primer balón de fútbol lo tuve a los tres años. Pero pude jugar con ella un año nomás, porque por motivos de trabajo de mi papá, nos fuimos a vivir a Japón durante tres años y medio, y en éste lapso quedé alejado del fútbol. Y así, comenzaría un nuevo hobbie: La música.

Mi mamá es quien pone la música en mi casa. Como consecuencia, de chico me acostumbré a escuchar canciones, y de buen gusto. Las baladas, son las favoritas de mi madre, y por ello, a pesar de no entender al 100%el idioma asiático, adquirió cantidades de CDs que hoy, yo los atesoro como si fuesen oro de verdad.

La música sigue siendo un elemento importante para mi vida diaria. Todos los días, en el camino a la Universidad de Lima, escucho las casi 1000 canciones grabadas en mi Ipod y cuando estoy en mi casa, reproduzco las canciones desde la computadora para que acompañe al ambiente del hogar. Suelo escuchar canciones baladas, y mis preferidas son las del idioma japonés. Aunque también escucho mucho en español y en inglés.

Cuando ya llevaba tres años en Perú luego del retorno del continente asiático, mis padres me matricularon en una academia del idioma japonés. Todo para mantener el idioma. El lugar se llama “Ichigokai”, y ahí estuve desde el año 2001 hasta el 2006. Yo valoro personalmente mucho a éste sitio ya que aquí conocí a muchos de mis mejores amigos de la actualidad, como a muy buenos profesores y administradores que siempre me han tratado bien.

En el año 2005, alcancé la gloria personal al obtener el premio de ganador absoluto del concurso nacional de oratoria en japonés y al aprobar el nivel más alto del examen de eficiencia del idioma japonés. Fue un año redondo y todo se lo sigo agradeciendo a Ichigokai.

Hoy curso el sétimo ciclo de la carrera de Comunicación, y mi meta es obtener mi máster como periodista y poder ir al Japón a estudiar post-grado de mi carrera.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Anticucho es el mejor


La tarde limeña huele a los productos de carretilla, debido a los ambulantes.
Gracias a Gastón Acurio nos encontramos en una coyuntura del boom de la gastronomía peruana.

¿Cuál es tu plato favorito que se vende en carretilla?, preguntaron los encuestadores de RPP a la sociedad peruana. De lo cual, con 11060 votos, encabeza la lista nada menos que el anticucho. Que obtuvo casi el doble de los votos del ceviche que se quedó con 6050 votos.

Lo que llamó la atención es que en el tercer lugar se encuentra la panzita (5370), superando al chicharrón (4760), rachi (2920), arroz chaufa al paso (2750), hígado con yuca (2670), tallarín con ceviche y chaifainita que es muy común encontrar en Abancay, con 2630 votos.

A pesar de que es muy común encontrar en carretillas, como colero de la lista se encuentra el choclo con queso, que tiene apenas 100 votos.

Hoy manda el anticucho. ¿no se te antoja?

lunes, 23 de agosto de 2010

Felicidad vigilada



Abimael Guzmán Reynoso, anciano de 75 años, de piel blanca, canoso y con un rostro acabado, esperaba a su comprometida con su terno impecable. Elena Iparraguirre, de 62 años, jorobada y con unos pesos de más, llegó al Centro de Base Naval del Callao. Ellos se conocieron en el grupo subversivo Sendero Luminoso en la década de los noventas, y luego de llevar 20 años de relación amorosa decidieron casarse de forma civil.

Al llegar, la comprometida le dijo: “perdóname por la demora”. “Lo importante es que llegaste”, le respondió el novio. Iparraguirre había sido trasladada desde el Penal de Mujeres de Chorrillos. Eran minutos antes de las nueve y se inició la boda. La ceremonia duró apenas 15 minutos. Los testigos de la boda fueron los familiares de la contrayente y autoridades del Consejo Provincial de Chorrillos.

Guzmán e Iparraguirre habían sido capturados en septiembre de 1992 y condenados a cadena perpetua por haber liderado la lucha armada de Sendero Luminoso que dejó casi 70.000 muertos en el país. Finalizada la ceremonia, los recién casados "departieron un momento" con los testigos y luego Iparraguirre fue trasladada a su centro de reclusión y Guzmán, a su celda.